La Real Academia de la Lengua Española elimina el término “Mascota” para definir a los perros
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Según el diccionario de la Real Academia Española, una mascota es una «persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte» y también un «animal de compañía». Es decir, la RAE no ha eliminado el término para referirse a los perros, aunque muchas personas (yo entre ellas) preferimos no usarlo. A mí la palabra «mascota» siempre me ha evocado más la idea de un muñeco-talismán o la de un dibujo animado que la de un perro al que uno considera parte de la familia. Y, llamadme rara, pero siempre me ha preocupado que el mismo término que sirve para describir a Pikachu, por ejemplo, tenga que servir para definir a mi perro. Total, que ahora va y la Real Academia Española me da la razón…
…Pues no, no me la da. No todavía.
¿Qué significa «mascota» según la RAE?
En el diccionario de la RAE siguen existiendo tres acepciones para el término «mascota»:
- «Persona, animal o cosa que sirve de talismán, que trae buena suerte».
- «Animal de compañía».
- «Sombrero flexible» (de uso en Andalucía). Esta tercera acepción sorprenderá a muchos, pero tampoco vamos a entrar en más detalle 😛
La palabra viene del francés mascotte, que se popularizó a finales del siglo XIX con el sentido de «amuleto» o «talismán». Es decir, su significado original no tiene nada que ver con los animales: el de «animal de compañía» llegó después.
¿Por qué algún día la RAE me dará la razón?
Aunque, hoy por hoy, el titular de este artículo es más la expresión de un deseo que una realidad, yo creo que con el tiempo la RAE también verá que mi perro (o el tuyo, si estás leyendo esto y tienes uno en la familia) y Pikachu tienen poco que ver.
Algo de eso ya se nota en las leyes: la Ley 7/2023 de bienestar animal habla de «animales de compañía» y no de mascotas, y desde 2022 el Código Civil reconoce a los animales como seres sintientes, no como cosas.
Desde mi punto de vista y el de muchos otros profesionales de la biología, la etología, la veterinaria y el mundo animal en general, llamar «mascotas» a los animales no ayuda a que, socialmente, se les vea como individuos con entidad propia cuyo fin principal no es entretener a los humanos.
Llamarlos «mascotas» no ayuda a que algunas personas entiendan que son seres que piensan, que sienten y que tienen unas capacidades y necesidades diferentes a las nuestras, pero que deben ser comprendidas y respetadas.
Por si alguien piensa que soy demasiado quisquillosa, aclararé que no creo que todas las personas que usan la palabra «mascota» miren a su perro, su gato, su periquito o el animal que sea desde una perspectiva equivocada o poco respetuosa. Ni que los quieran o los cuiden menos que quienes no usamos ese término. Por supuesto que no.
Pero el lenguaje influye en la percepción que una sociedad tiene de las cosas (de los animales, en este caso), y a veces eso puede ser muy peligroso.
Lenguaje y pensamiento: el relativismo lingüístico
Cuando se me pasa una idea por la cabeza, tiendo a pensar que ya habrá habido alguien antes que yo a quien se le haya ocurrido algo parecido. No por nada, sino porque, con tanta gente en el planeta, es difícil tener la exclusiva de las ideas.
Total, que, indagando un poco, enseguida descubrí la hipótesis de Sapir-Whorf y la teoría del relativismo lingüístico, según las cuales existe una relación entre el lenguaje de una persona y su forma de pensar y de entender el mundo que la rodea. Hoy pocos lingüistas defienden que el lenguaje determine por completo el pensamiento, pero sí que puede influir en él. Y algunas críticas apuntan a que quizás sea al revés: que es nuestra forma de pensar la que moldea el lenguaje.
En cualquier caso, tanto la hipótesis como sus críticas apoyan mi razonamiento: seguir utilizando la palabra «mascota» no ayuda a que la gente perciba a los animales con el respeto que merecen.
No sé si fue primero el huevo (el surgimiento del término «mascota») o la gallina (la falta de comprensión hacia el mundo animal), pero tanto da.
Los inuit, la nieve y las palabras
Como sé que esto del relativismo lingüístico puede sonar un poco enrevesado, o incluso aburrido para algunos, voy a poner un ejemplo muy citado que ayuda a entender la idea:
Se suele decir que los pueblos inuit tienen muchísimas palabras distintas para la nieve y el hielo, mientras que nosotros usamos unas pocas. Los lingüistas discuten cuántas son exactamente (y el número a menudo se exagera), pero la idea de fondo tiene sentido: cuando uno vive rodeado de nieve y hielo, es muy importante saber en qué estado están para decidir, por ejemplo, si se puede pasar por encima sin riesgo de que se rompa.
Lo que es importante para una cultura acaba teniendo palabras precisas. Sin embargo, nosotros usamos la palabra «mascota» para referirnos a especies tan distintas como perros, gatos, periquitos, conejos, hámsteres, hurones, etc. Y no solo eso, sino que usamos el mismo término para hablar de Cobi (la mascota de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92) o de un peluche de Winnie the Pooh. Visto así, podría parecer que no nos tomamos muy en serio a los animales…
¿Qué palabra usar en vez de «mascota»?
Para dejar de usar la palabra «mascota» hay que tener un término alternativo, eso está claro. Lo bueno es que no hace falta darle muchas vueltas: «mascota» puede sustituirse por infinidad de palabras: perro, gato, periquito, conejo, hámster, hurón, etc. En realidad, nombrar a cada animal según su especie es lo más correcto que podemos hacer.
Llamar perro a un perro, o gato a un gato, es llamar a las cosas (a los animales, en este caso) por su nombre. Y es la manera de acabar con las connotaciones erróneas.
Y, si queremos agrupar varias especies en la misma palabra, como ocurre con expresiones del tipo «accesorios para mascotas», podemos decir «accesorios para animales» y punto. O usar «animales de compañía», como hace la ley. Son términos que no son despectivos ni inadecuados. Son, simplemente, descriptivos.
Resumen y conclusión
El lenguaje marca nuestra manera de percibir el mundo o bien surge, precisamente, de nuestra forma de mirarlo. Por tanto, el lenguaje es muy importante. Mucho más de lo que pudiera parecer a primera vista.
Las connotaciones positivas o negativas que un término lleva consigo marcan, aunque sea de forma muy sutil, nuestra percepción de esa cosa, persona o animal.
Así, no es lo mismo decir, por ejemplo, «persona con discapacidad» que «discapacitado». En el primer caso, se entiende que la discapacidad no define por completo a la persona. En el segundo, podría parecer que sí.
En el ámbito de los animales de compañía, la palabra «mascota» puede tener cierta connotación de «personaje que está ahí para entretenernos y divertirnos». Por el contrario, los animales deben ser respetados y comprendidos según sus propias necesidades, y no según las de las personas que los tenemos en casa. Si te interesa este tema, te recomiendo leer también ¿humanizas a tu perro? y qué necesita tu perro para ser feliz.
Por todo ello, mi propuesta personal es dejar de usar el término «mascota» para referirnos a los animales de compañía (expresión que tampoco me encanta, dicho sea de paso) y llamar a cada especie por su nombre. Creo que ahí puede estar la llave para un cambio de enfoque que promueva una sociedad más justa y respetuosa con los animales no humanos. Y, de paso, a ellos también les hablamos mucho: si tienes curiosidad, mira hasta qué punto los perros entienden lo que decimos.
Preguntas frecuentes
¿Es incorrecto o despectivo llamar mascota a un perro?
No es incorrecto: el diccionario recoge «animal de compañía» como una de sus acepciones, y la mayoría de quien lo usa lo hace con cariño. Nuestra propuesta es solo una preferencia: llamar a cada animal por su especie, o usar «animales de compañía», nos parece más preciso y ayuda a verlos como individuos con necesidades propias.